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lunes, 4 de abril de 2011

Capitulo 1: Recuerdos de un infortunio

Su uniforme era inconfundible, con una blancura y un aire juvenil que pocos poseían. Además, su presencia en el comedor del secundario siempre era algo alentador para los pobres miserables que esperaban conseguir la gloria de los restos que los de mayor clase dejaban en su andar. Toda su personalidad era ilustre, con un apronte y una marca tan poderosa que hasta sus amigos más cercanos lo envidiaban. Spartacus, el niño prodigio del instituto Batiatus, se sentó frente a la ventana y reposó su mirada heroica sobre los jóvenes que jugaban en el patio. Su belleza era penetrante, su fina figura y su pelo levantado con gel le daba aquel aspecto tan irresistible para sus compañeras de clase.
Varro, uno de los jóvenes con mayores problemas de comportamiento en el instituto, se le acercó con impaciencia, como intentando encubrir algún acto impuro.

—Spartacus, me dijeron que sos un tipo adinerado. ¿Te gustaría…conseguir algo de condimento para tu comida? —preguntó de manera cómplice.
Spartacus lo miró fríamente y con desprecio, pues sabía que intentaba venderle drogas. Giró nuevamente su rostro hacia la ventana y se perdió en el horizonte.
—Bueno, vos te lo perdés. —dijo Varro y se alejó de la mesa rápidamente.
Crixus, quien observaba desde la otra punta del comedor, interceptó a Varro en medio del pasillo e intercambió algunas palabras con él, palabras que Spartacus no pudo oír, pero que sabía su contenido.
—No te va a volver a joder ese flaco, quedate tranquilo, —dijo Crixus y apoyó su plato sobre la mesa. —E igualmente deberías accionar cuando viene alguien que no conocés a hablarte. No sos de palo.
—No entenderían. La mayoría de los de clase baja y los ineptos bufones de clase alta de nuestra clase no son más que meras blasfemias en mi existencia. Sólo vengo a este lugar porque necesito tener un título. —respondió Spartacus con una tonalidad neutra, fría, casi como si estuviese muerto en vida.
—Dale, no hables así. Que te haya dejado Varinia no significa el fin del mundo, —musitó Crixus entre cucharadas de sopa, intentando levantarle el ánimo.
—No entendés, siento que hay un lazo entre nosotros que nos ata hacia un destino en común. Pero bueno, ¿Qué puedo esperar de un hombre tan mujeriego como vos?
Crixus lo miró con una sonrisa y siguió comiendo como si nada. Pasaron varios minutos y nadie dijo palabra alguna, como si estuviese cada uno concentrado en su propia existencia. El comedor estaba atestado de personas, en su mayoría mujeres, y casi todas ellas miraban a los dos chicos más atractivos de todo el colegio.
—Hoy voy a salir con Lucrecia, es la posta esa mina. —dijo Crixus cortando el silencio que había socavado su atmósfera. —Supongo que vamos a ir al cine y…—antes de terminar su frase, Spartacus se levantó con decisión y caminó derecho hacia la salida del comedor.

— ¡Varinia! —gritó Spartacus mientras corría por el pasillo con apuro. —¡Varinia, quiero hablar con vos un segundo!
Su voz se entrecortó entre sus gemidos, y al llegar a donde su bello amor se encontraba, ésta lo miró con una sonrisa pícara y le preguntó:
—¿Qué pasa, Spartacus? ¿Decidiste entregar de una vez por todas tu amor? —preguntó y lo tomó del hombro con cuidado. Spartacus respiró profundo y su corazón comenzó a latir con fuerza al sentir el contacto de la mano de Varinia sobre su cuerpo.
—Por favor, te pido una oportunidad —dijo Spartacus como una súplica. Ella quedó callada y Spartacus pudo ver, en sus ojos del color del bosque, la noble casta a la que pertenecía, quedando una vez más maravillado con su esplendor. Sin embargo, Lentulus, el hijo del propietario del instituto, se acercaba con impaciencia junto a Barca y Ashur.
—¡Spartacus, viejo amigo! Veo que andás revoloteando como un buitre sobre mi novia. ¿Te parece prudente actuar de esa forma con un viejo compañero de clase? —dijo Lentulus y sus amigos echaron a reir. Varinia lanzó una mirada de enojo sobre su novio, pero éste la ignoró por completo. —Se ve que los pobretones intentan buscar en las mujeres el poder que necesitan para salir de la oscuridad y volverse populares.
Spartacus lo miró con odio y casi lo ataca, pero su cuerpo se detuvo al sentir la fuerte mano de Crixus que presionaba su brazo.
—Spartacus heredó una casa más noble que la tuya, Lentulus. Los rumores hablan mal de tu familia, ¿Acaso es necesario que abra mi boca para hacer callar la tuya? —dijo Crixus y retiró a su amigo con lentitud, con la mirada del hijo de Batiatus a sus espaldas y con un enojo digno de un poderoso lanista despojado de su ludus.