Spartacus se quedó en silencio por un buen rato junto al detective, y luego se sumió en una oleada de pensamientos. Enomao posó su mano sobre el chico y se alejó de él, a sabiendas de que su destinos estaban enlazados de alguna manera extraña.
Y así estuvo, el adolecente prodigio del instituto Batiatus, contaminado por ideas que iban y venía; revolviéndolas cual torbellino de almas en el Hades. Y quedó parado varias horas sin poder hablar, sólo pensando, pues era así como él debía razonar; a su tiempo. Y cuando por fin terminó, todo estaba claro…
—Te estuve buscando por todos lados. ¿Qué hacés acá? —preguntó Crixus mientras caminaba hacia él con aquel aire de despreocupación que tanto le hacía resaltar del resto.
—Tengo sospechas de quién pudo haber intentado asesinar a Varinia —respondió Spartacus y se alejó de su amigo a gran velocidad. Éste lo siguió sin miramientos y no dijo ninguna palabra más, ya que conocía a su amigo mejor que nadie y sabía que podría resolver esto.
Una hora más tarde, ambos se encontraban frente a una casa modesta de la calle Neapolis. Spartacus respiró con grandeza y tocó el timbre sin cuidado. Crixus no aguantó más el silencio y preguntó:
—¿Cuál es tu idea? ¿De quién es esta casa?
Spartacus lo miró con cierta ternura y sonrió levemente.
—Un día en nuestro curso pasaron una hoja en donde teníamos que poner algunos datos nuestros… Bueno, entre ellos se encontraba nuestra dirección. Verifiqué que a mí me llegase la hoja a lo último y simplemente recordé la dirección de todos los estudiantes que cursan con nosotros. Por si las dudas —dijo y miró nuevamente al portón frente a él. Crixus se sorprendió en gran medida y una gran confianza llenó su corazón, haciéndolo temblar de escalofrío.
Spartacus tuvo que tocar una segunda vez para ser atendido por el dueño de la casa.
—¿Spartacus? ¿Crixus? ¿A qué debo el honor de tal visita? —preguntó Varro con cara de dormido y abrió la puerta de par en par.
Ellos se adentraron en su hogar como en un pozo sin retorno y todo lo que ocurrió allí permaneció guardado en la memoria de la humanidad por siempre.
Spartacus: Vasallaje Redentor
martes, 3 de mayo de 2011
lunes, 25 de abril de 2011
Capitulo 4: Culpable
El último año de secundario abrumaba a Spartacus, quien sólo creía querer terminar y largarse lejos de su casa para ser libre. Sin embargo, pensamientos de Varinia azotaban su mente como una avalancha de hombres enfurecidos, y nublaban la vista de todo lo que él tenía planeado.
Spartacus se mantuvo quieto frente a la escena del crimen, con los ojos fijos en la silla en donde ella estaba sentada antes de caer. Paseó la vista de un lado al otro, como intentando encontrar al asesino con alguna pista, pero nada había allí. Respiró profundo, con la angustia penetrada en el corazón, y luego giró la cabeza para ver al hombre que estaba a su lado.
—Debiste ver el rostro de aquellas muchachas —dijo el hombre y apoyó lentamente un cigarrillo en sus labios. Era un poco más alto que Spartacus, con un cuerpo ancho y manos gruesas. Vestía un sobretodo oscuro y unos zapatos no demasiado caros. En su mirada y en sus movimientos un podía dar cuenta de su delicadeza, a pesar de los cuarenta y tantos años que debía tener. —¿Sos amigo de alguna de las chicas? —preguntó al sacarse el cigarrillo y lanzó el humo por encima de la cabeza del joven. Su rostro color café y su calvicie le daban una extraña autoridad.
—Me complace decir que conozco a Varinia. ¿Quién es usted? —preguntó Spartacus y miró cómo el hombre sacaba algo de su bolsillo.
—Un modesto detective que quiere terminar con esto lo antes posible —dijo mientras le enseñaba su placa al chico. —Enomao es mi nombre, ¿cuál es el tuyo?
—Spartacus —dijo con valía y determinación. Miró la mancha de sangre que todavía quedaba en el piso y un escalofrío recorrió su mente. —¿Tiene alguna pista de quién pudo haber provocado semejante desastre? —preguntó luego de unos minutos y se sumió en el silencio absoluto.
Enomao respiró profundamente y negó con la cabeza. Luego, al pasar el humo desde su boca al aire que lo rodeaba, dijo con palabras lentas y claras:
—Este es un caso bastante complicado. El asesino no dejó ninguna pista contundente detrás de sí, lo cual me hace pensar que no fue un ataque psicópata de algún chico de secundario; esto fue planeado y calculado con anterioridad por algún experto.
Spartacus se mantuvo quieto frente a la escena del crimen, con los ojos fijos en la silla en donde ella estaba sentada antes de caer. Paseó la vista de un lado al otro, como intentando encontrar al asesino con alguna pista, pero nada había allí. Respiró profundo, con la angustia penetrada en el corazón, y luego giró la cabeza para ver al hombre que estaba a su lado.
—Debiste ver el rostro de aquellas muchachas —dijo el hombre y apoyó lentamente un cigarrillo en sus labios. Era un poco más alto que Spartacus, con un cuerpo ancho y manos gruesas. Vestía un sobretodo oscuro y unos zapatos no demasiado caros. En su mirada y en sus movimientos un podía dar cuenta de su delicadeza, a pesar de los cuarenta y tantos años que debía tener. —¿Sos amigo de alguna de las chicas? —preguntó al sacarse el cigarrillo y lanzó el humo por encima de la cabeza del joven. Su rostro color café y su calvicie le daban una extraña autoridad.
—Me complace decir que conozco a Varinia. ¿Quién es usted? —preguntó Spartacus y miró cómo el hombre sacaba algo de su bolsillo.
—Un modesto detective que quiere terminar con esto lo antes posible —dijo mientras le enseñaba su placa al chico. —Enomao es mi nombre, ¿cuál es el tuyo?
—Spartacus —dijo con valía y determinación. Miró la mancha de sangre que todavía quedaba en el piso y un escalofrío recorrió su mente. —¿Tiene alguna pista de quién pudo haber provocado semejante desastre? —preguntó luego de unos minutos y se sumió en el silencio absoluto.
Enomao respiró profundamente y negó con la cabeza. Luego, al pasar el humo desde su boca al aire que lo rodeaba, dijo con palabras lentas y claras:
—Este es un caso bastante complicado. El asesino no dejó ninguna pista contundente detrás de sí, lo cual me hace pensar que no fue un ataque psicópata de algún chico de secundario; esto fue planeado y calculado con anterioridad por algún experto.
lunes, 18 de abril de 2011
Capitulo 3: Ante la muerte
Las puertas se abrían de forma automática, pero esto sólo hizo impacientar a Spartacus, quien entró corriendo por el pasillo y se acercó a la recepcionista para preguntarle acerca de la habitación de Varinia. Crixus lo siguió por detrás, siempre con un aire menos tenso que el de su amigo.
Se veía que las paredes del hospital eran frías y del color de los huesos, como si la misma muerte las hubiese tapizado. El silencio era atronador, y el olor extraño que flotaba en el aire suspiraba malos presagios.
Una vez que la recepcionista le hubo dado la información, Spartacus corrió escaleras arriba, delante de Crixus, y se adentró en la habitación de Varinia sin percatarse que afuera estaba Lentulus tomando un vaso de agua.
—¡Varinia! —Soltó Spartacus como un breve gemido y se acercó a ella para tomarla de la mano. Su estado era deplorable, casi aterrador. Comparar al cuerpo que yacía sobre la camilla con la belleza enérgica que se paseaba por el patio del colegio todos los días era un acto impuro, una canallada para el alma de cualquier hombre. Y sin embargo allí estaba ella; tendida como una muerta, con los ojos cerrados y con su respiración a medio camino.
—Varinia, te vas a poner bien —dijo Spartacus y Crixus apoyó su mano sobre su hombro, compartiendo la angustia. —Lo que hice fue una estupidez. Nunca supe por qué pasó lo que pasó, por qué hice lo que hice. Fue un acto tan poco loable que, si pudiese, cortaría con una espada el tiempo y volvería al pasado para recuperar lo perdido.
Spartacus respiró profundo, con gran melancolía, y se podía oír pequeños sollozos salir desde lo más profundo de su ser.
—Necesito que despiertes y me veas yacer bajo tus pies. Que veas cómo me arrodillo frente a tu belleza, frente a tu mirada perspicaz y tu marcado carácter; bravo, furioso, excitante, salvaje y a la vez tan tierno como el de una princesa.
Y como si la magia de un encantador saliese de las entrañas de Spartacus, los ojos de Varinia se abrieron lentamente y su mano se movió con ligereza. Spartacus se sobresaltó y acercó su cara a la de ella con rapidez.
—¡Varinia, pareciera como si me hubieses escuchado en tus profundos sueños e intentaras subir a la superficie ha por mí! —exclamó el muchacho con júbilo en sus ojos.
Ella pasó sus ojos entreabiertos por su cuerpo y sobre el rostro de Crixus, como si buscara a alguien más. Y luego, al ver que nada pasaba, miró a Spartacus y le dijo:
—Necesito… que lo sepas… que descubras…
Su voz se cortó en medio del estruendo de la puerta que se abrió de golpe. En la habitación se adentraron Lentulus y su padre y, con un fuerte “¿Qué hacen ustedes acá?”, los sacaron de la vista de Varinia. Una vez afuera, la discusión fue intensa, pero al rato, y luego de varias amenazas legales por parte del padre de Lentulus, tuvieron que abandonar su odisea.
—No va a quedar así —amenazó Spartacus mirando a Lentulus y partió junto a Crixus quien se mantuvo callado luego de lo sucedido, casi con temor.
Se veía que las paredes del hospital eran frías y del color de los huesos, como si la misma muerte las hubiese tapizado. El silencio era atronador, y el olor extraño que flotaba en el aire suspiraba malos presagios.
Una vez que la recepcionista le hubo dado la información, Spartacus corrió escaleras arriba, delante de Crixus, y se adentró en la habitación de Varinia sin percatarse que afuera estaba Lentulus tomando un vaso de agua.
—¡Varinia! —Soltó Spartacus como un breve gemido y se acercó a ella para tomarla de la mano. Su estado era deplorable, casi aterrador. Comparar al cuerpo que yacía sobre la camilla con la belleza enérgica que se paseaba por el patio del colegio todos los días era un acto impuro, una canallada para el alma de cualquier hombre. Y sin embargo allí estaba ella; tendida como una muerta, con los ojos cerrados y con su respiración a medio camino.
—Varinia, te vas a poner bien —dijo Spartacus y Crixus apoyó su mano sobre su hombro, compartiendo la angustia. —Lo que hice fue una estupidez. Nunca supe por qué pasó lo que pasó, por qué hice lo que hice. Fue un acto tan poco loable que, si pudiese, cortaría con una espada el tiempo y volvería al pasado para recuperar lo perdido.
Spartacus respiró profundo, con gran melancolía, y se podía oír pequeños sollozos salir desde lo más profundo de su ser.
—Necesito que despiertes y me veas yacer bajo tus pies. Que veas cómo me arrodillo frente a tu belleza, frente a tu mirada perspicaz y tu marcado carácter; bravo, furioso, excitante, salvaje y a la vez tan tierno como el de una princesa.
Y como si la magia de un encantador saliese de las entrañas de Spartacus, los ojos de Varinia se abrieron lentamente y su mano se movió con ligereza. Spartacus se sobresaltó y acercó su cara a la de ella con rapidez.
—¡Varinia, pareciera como si me hubieses escuchado en tus profundos sueños e intentaras subir a la superficie ha por mí! —exclamó el muchacho con júbilo en sus ojos.
Ella pasó sus ojos entreabiertos por su cuerpo y sobre el rostro de Crixus, como si buscara a alguien más. Y luego, al ver que nada pasaba, miró a Spartacus y le dijo:
—Necesito… que lo sepas… que descubras…
Su voz se cortó en medio del estruendo de la puerta que se abrió de golpe. En la habitación se adentraron Lentulus y su padre y, con un fuerte “¿Qué hacen ustedes acá?”, los sacaron de la vista de Varinia. Una vez afuera, la discusión fue intensa, pero al rato, y luego de varias amenazas legales por parte del padre de Lentulus, tuvieron que abandonar su odisea.
—No va a quedar así —amenazó Spartacus mirando a Lentulus y partió junto a Crixus quien se mantuvo callado luego de lo sucedido, casi con temor.
lunes, 11 de abril de 2011
Capítulo 2: Accidentes forzosos
Se cierran las puertas de su habitación con gran pauperismo por la poca fuerza de voluntad que el muchacho alberga en su alma. La tonalidad de su piel y la mueca maltrecha de su rostro dan cuenta de sus expectativas devastadas por el imperioso poder de la palabra de Lentulus. Se mira a sí mismo frente al espejo y, aunque su belleza no se derrumba por sus desánimos, puede ver la desesperanza de un futuro incierto en la profundidad de sus ojos.
—¡Qué estúpido soy, cómo pude actuar de esa manera? —se dijo a sí mismo Spartacus con la voz entrecortada. —Dejar que me pisotee ese hijo de puta de Batiatus…
Sus ojos se cerraron con fuerza e intentó respirar con profundidad, pero un espasmo lo incautó de repente impidiéndoselo. Luego de un rato de mirarse a sí mismo, el teléfono sonó. Atendió con cuidado y desgana:
—Hola, ¿Quién habla?
—Soy yo, idiota. ¿Cómo andás? —la voz de Crixus penetraba en la mente de Spartacus como una lanza, apuntalándose de tal manera que una relajación extraña sacudió su cuerpo.
—Mal. No puedo dejar de pensar en Varinia… —respondió cansado y se sentó en su cama.
—Basta de tanta estupidez. Vamos a un boliche hoy a la noche, ¿Te prendés? Es viernes, no tenés nada mejor para hacer. —dijo su amigo de forma imperante y no obtuvo de Spartacus más que una respiración fuerte. Sin embargo, a los pocos segundos éste aceptó.
Al cortar, la angustia lo embargó nuevamente y quiso llamar a su amigo para cancelar la salida, pero éste no atendía (ya que sabía de sus cambios de humor repentinos). Spartacus sonrió levemente al no poder comunicarse y se acostó en su cama. Miró de reojo la computadora y, paseando la mano por debajo de su almohada, tomó el control remoto para prender su televisor. Una vez encendido, Spartacus se puso a escuchar las noticias del día. Todas le parecían triviales, algunas con una nimia injustificada. Luego de un buen rato, justo cuando sus sueños comenzaron a embargarlo, una noticia interrumpió su tranquilidad:
—“Alrededor de las 14 horas, el Instituto Superior Batiatus, secundario localizado en Capua, tuvo problemas con un joven de entre 18 a 20 años que entró al secundario con un arma de fuego y atacó a tres personas. Todavía no se tiene información del joven que pudo haber efectuado el ataque ya que llevaba un pasamontañas. Sin embargo, la justicia tomará cartas en el asunto ya que una de sus víctimas resultó muerta después de que tres balas entraran en su organismo y muriera desangrada. Las otras dos jóvenes, Varinia, de 18 años, y Lunia, de 17, se encuentran hospitalizadas…”
Spartacus dejó de escuchar luego de oír el nombre de su amada y una fuerte fatiga comenzó a inundar su cuerpo. Todo se volvió nubloso y sus ideas comenzaron a pregonar en su mente insultos y maldiciones. Aquello le parecía extraño, quizás manipulado, como si alguien hubiese provocado esto para que su destino tome un nuevo rumbo. Él no creía en dioses, pero no podía dejar pasar esta oportunidad. Así que, una vez tranquilizado, llamó a su amigo para hacer un cambio de planes en su salida.
—¡Qué estúpido soy, cómo pude actuar de esa manera? —se dijo a sí mismo Spartacus con la voz entrecortada. —Dejar que me pisotee ese hijo de puta de Batiatus…
Sus ojos se cerraron con fuerza e intentó respirar con profundidad, pero un espasmo lo incautó de repente impidiéndoselo. Luego de un rato de mirarse a sí mismo, el teléfono sonó. Atendió con cuidado y desgana:
—Hola, ¿Quién habla?
—Soy yo, idiota. ¿Cómo andás? —la voz de Crixus penetraba en la mente de Spartacus como una lanza, apuntalándose de tal manera que una relajación extraña sacudió su cuerpo.
—Mal. No puedo dejar de pensar en Varinia… —respondió cansado y se sentó en su cama.
—Basta de tanta estupidez. Vamos a un boliche hoy a la noche, ¿Te prendés? Es viernes, no tenés nada mejor para hacer. —dijo su amigo de forma imperante y no obtuvo de Spartacus más que una respiración fuerte. Sin embargo, a los pocos segundos éste aceptó.
Al cortar, la angustia lo embargó nuevamente y quiso llamar a su amigo para cancelar la salida, pero éste no atendía (ya que sabía de sus cambios de humor repentinos). Spartacus sonrió levemente al no poder comunicarse y se acostó en su cama. Miró de reojo la computadora y, paseando la mano por debajo de su almohada, tomó el control remoto para prender su televisor. Una vez encendido, Spartacus se puso a escuchar las noticias del día. Todas le parecían triviales, algunas con una nimia injustificada. Luego de un buen rato, justo cuando sus sueños comenzaron a embargarlo, una noticia interrumpió su tranquilidad:
—“Alrededor de las 14 horas, el Instituto Superior Batiatus, secundario localizado en Capua, tuvo problemas con un joven de entre 18 a 20 años que entró al secundario con un arma de fuego y atacó a tres personas. Todavía no se tiene información del joven que pudo haber efectuado el ataque ya que llevaba un pasamontañas. Sin embargo, la justicia tomará cartas en el asunto ya que una de sus víctimas resultó muerta después de que tres balas entraran en su organismo y muriera desangrada. Las otras dos jóvenes, Varinia, de 18 años, y Lunia, de 17, se encuentran hospitalizadas…”
Spartacus dejó de escuchar luego de oír el nombre de su amada y una fuerte fatiga comenzó a inundar su cuerpo. Todo se volvió nubloso y sus ideas comenzaron a pregonar en su mente insultos y maldiciones. Aquello le parecía extraño, quizás manipulado, como si alguien hubiese provocado esto para que su destino tome un nuevo rumbo. Él no creía en dioses, pero no podía dejar pasar esta oportunidad. Así que, una vez tranquilizado, llamó a su amigo para hacer un cambio de planes en su salida.
lunes, 4 de abril de 2011
Capitulo 1: Recuerdos de un infortunio
Su uniforme era inconfundible, con una blancura y un aire juvenil que pocos poseían. Además, su presencia en el comedor del secundario siempre era algo alentador para los pobres miserables que esperaban conseguir la gloria de los restos que los de mayor clase dejaban en su andar. Toda su personalidad era ilustre, con un apronte y una marca tan poderosa que hasta sus amigos más cercanos lo envidiaban. Spartacus, el niño prodigio del instituto Batiatus, se sentó frente a la ventana y reposó su mirada heroica sobre los jóvenes que jugaban en el patio. Su belleza era penetrante, su fina figura y su pelo levantado con gel le daba aquel aspecto tan irresistible para sus compañeras de clase.
Varro, uno de los jóvenes con mayores problemas de comportamiento en el instituto, se le acercó con impaciencia, como intentando encubrir algún acto impuro.
—Spartacus, me dijeron que sos un tipo adinerado. ¿Te gustaría…conseguir algo de condimento para tu comida? —preguntó de manera cómplice.
Spartacus lo miró fríamente y con desprecio, pues sabía que intentaba venderle drogas. Giró nuevamente su rostro hacia la ventana y se perdió en el horizonte.
—Bueno, vos te lo perdés. —dijo Varro y se alejó de la mesa rápidamente.
Crixus, quien observaba desde la otra punta del comedor, interceptó a Varro en medio del pasillo e intercambió algunas palabras con él, palabras que Spartacus no pudo oír, pero que sabía su contenido.
—No te va a volver a joder ese flaco, quedate tranquilo, —dijo Crixus y apoyó su plato sobre la mesa. —E igualmente deberías accionar cuando viene alguien que no conocés a hablarte. No sos de palo.
—No entenderían. La mayoría de los de clase baja y los ineptos bufones de clase alta de nuestra clase no son más que meras blasfemias en mi existencia. Sólo vengo a este lugar porque necesito tener un título. —respondió Spartacus con una tonalidad neutra, fría, casi como si estuviese muerto en vida.
—Dale, no hables así. Que te haya dejado Varinia no significa el fin del mundo, —musitó Crixus entre cucharadas de sopa, intentando levantarle el ánimo.
—No entendés, siento que hay un lazo entre nosotros que nos ata hacia un destino en común. Pero bueno, ¿Qué puedo esperar de un hombre tan mujeriego como vos?
Crixus lo miró con una sonrisa y siguió comiendo como si nada. Pasaron varios minutos y nadie dijo palabra alguna, como si estuviese cada uno concentrado en su propia existencia. El comedor estaba atestado de personas, en su mayoría mujeres, y casi todas ellas miraban a los dos chicos más atractivos de todo el colegio.
—Hoy voy a salir con Lucrecia, es la posta esa mina. —dijo Crixus cortando el silencio que había socavado su atmósfera. —Supongo que vamos a ir al cine y…—antes de terminar su frase, Spartacus se levantó con decisión y caminó derecho hacia la salida del comedor.
— ¡Varinia! —gritó Spartacus mientras corría por el pasillo con apuro. —¡Varinia, quiero hablar con vos un segundo!
Su voz se entrecortó entre sus gemidos, y al llegar a donde su bello amor se encontraba, ésta lo miró con una sonrisa pícara y le preguntó:
—¿Qué pasa, Spartacus? ¿Decidiste entregar de una vez por todas tu amor? —preguntó y lo tomó del hombro con cuidado. Spartacus respiró profundo y su corazón comenzó a latir con fuerza al sentir el contacto de la mano de Varinia sobre su cuerpo.
—Por favor, te pido una oportunidad —dijo Spartacus como una súplica. Ella quedó callada y Spartacus pudo ver, en sus ojos del color del bosque, la noble casta a la que pertenecía, quedando una vez más maravillado con su esplendor. Sin embargo, Lentulus, el hijo del propietario del instituto, se acercaba con impaciencia junto a Barca y Ashur.
—¡Spartacus, viejo amigo! Veo que andás revoloteando como un buitre sobre mi novia. ¿Te parece prudente actuar de esa forma con un viejo compañero de clase? —dijo Lentulus y sus amigos echaron a reir. Varinia lanzó una mirada de enojo sobre su novio, pero éste la ignoró por completo. —Se ve que los pobretones intentan buscar en las mujeres el poder que necesitan para salir de la oscuridad y volverse populares.
Spartacus lo miró con odio y casi lo ataca, pero su cuerpo se detuvo al sentir la fuerte mano de Crixus que presionaba su brazo.
—Spartacus heredó una casa más noble que la tuya, Lentulus. Los rumores hablan mal de tu familia, ¿Acaso es necesario que abra mi boca para hacer callar la tuya? —dijo Crixus y retiró a su amigo con lentitud, con la mirada del hijo de Batiatus a sus espaldas y con un enojo digno de un poderoso lanista despojado de su ludus.
Varro, uno de los jóvenes con mayores problemas de comportamiento en el instituto, se le acercó con impaciencia, como intentando encubrir algún acto impuro.
—Spartacus, me dijeron que sos un tipo adinerado. ¿Te gustaría…conseguir algo de condimento para tu comida? —preguntó de manera cómplice.
Spartacus lo miró fríamente y con desprecio, pues sabía que intentaba venderle drogas. Giró nuevamente su rostro hacia la ventana y se perdió en el horizonte.
—Bueno, vos te lo perdés. —dijo Varro y se alejó de la mesa rápidamente.
Crixus, quien observaba desde la otra punta del comedor, interceptó a Varro en medio del pasillo e intercambió algunas palabras con él, palabras que Spartacus no pudo oír, pero que sabía su contenido.
—No te va a volver a joder ese flaco, quedate tranquilo, —dijo Crixus y apoyó su plato sobre la mesa. —E igualmente deberías accionar cuando viene alguien que no conocés a hablarte. No sos de palo.
—No entenderían. La mayoría de los de clase baja y los ineptos bufones de clase alta de nuestra clase no son más que meras blasfemias en mi existencia. Sólo vengo a este lugar porque necesito tener un título. —respondió Spartacus con una tonalidad neutra, fría, casi como si estuviese muerto en vida.
—Dale, no hables así. Que te haya dejado Varinia no significa el fin del mundo, —musitó Crixus entre cucharadas de sopa, intentando levantarle el ánimo.
—No entendés, siento que hay un lazo entre nosotros que nos ata hacia un destino en común. Pero bueno, ¿Qué puedo esperar de un hombre tan mujeriego como vos?
Crixus lo miró con una sonrisa y siguió comiendo como si nada. Pasaron varios minutos y nadie dijo palabra alguna, como si estuviese cada uno concentrado en su propia existencia. El comedor estaba atestado de personas, en su mayoría mujeres, y casi todas ellas miraban a los dos chicos más atractivos de todo el colegio.
—Hoy voy a salir con Lucrecia, es la posta esa mina. —dijo Crixus cortando el silencio que había socavado su atmósfera. —Supongo que vamos a ir al cine y…—antes de terminar su frase, Spartacus se levantó con decisión y caminó derecho hacia la salida del comedor.
— ¡Varinia! —gritó Spartacus mientras corría por el pasillo con apuro. —¡Varinia, quiero hablar con vos un segundo!
Su voz se entrecortó entre sus gemidos, y al llegar a donde su bello amor se encontraba, ésta lo miró con una sonrisa pícara y le preguntó:
—¿Qué pasa, Spartacus? ¿Decidiste entregar de una vez por todas tu amor? —preguntó y lo tomó del hombro con cuidado. Spartacus respiró profundo y su corazón comenzó a latir con fuerza al sentir el contacto de la mano de Varinia sobre su cuerpo.
—Por favor, te pido una oportunidad —dijo Spartacus como una súplica. Ella quedó callada y Spartacus pudo ver, en sus ojos del color del bosque, la noble casta a la que pertenecía, quedando una vez más maravillado con su esplendor. Sin embargo, Lentulus, el hijo del propietario del instituto, se acercaba con impaciencia junto a Barca y Ashur.
—¡Spartacus, viejo amigo! Veo que andás revoloteando como un buitre sobre mi novia. ¿Te parece prudente actuar de esa forma con un viejo compañero de clase? —dijo Lentulus y sus amigos echaron a reir. Varinia lanzó una mirada de enojo sobre su novio, pero éste la ignoró por completo. —Se ve que los pobretones intentan buscar en las mujeres el poder que necesitan para salir de la oscuridad y volverse populares.
Spartacus lo miró con odio y casi lo ataca, pero su cuerpo se detuvo al sentir la fuerte mano de Crixus que presionaba su brazo.
—Spartacus heredó una casa más noble que la tuya, Lentulus. Los rumores hablan mal de tu familia, ¿Acaso es necesario que abra mi boca para hacer callar la tuya? —dijo Crixus y retiró a su amigo con lentitud, con la mirada del hijo de Batiatus a sus espaldas y con un enojo digno de un poderoso lanista despojado de su ludus.
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