Las puertas se abrían de forma automática, pero esto sólo hizo impacientar a Spartacus, quien entró corriendo por el pasillo y se acercó a la recepcionista para preguntarle acerca de la habitación de Varinia. Crixus lo siguió por detrás, siempre con un aire menos tenso que el de su amigo.
Se veía que las paredes del hospital eran frías y del color de los huesos, como si la misma muerte las hubiese tapizado. El silencio era atronador, y el olor extraño que flotaba en el aire suspiraba malos presagios.
Una vez que la recepcionista le hubo dado la información, Spartacus corrió escaleras arriba, delante de Crixus, y se adentró en la habitación de Varinia sin percatarse que afuera estaba Lentulus tomando un vaso de agua.
—¡Varinia! —Soltó Spartacus como un breve gemido y se acercó a ella para tomarla de la mano. Su estado era deplorable, casi aterrador. Comparar al cuerpo que yacía sobre la camilla con la belleza enérgica que se paseaba por el patio del colegio todos los días era un acto impuro, una canallada para el alma de cualquier hombre. Y sin embargo allí estaba ella; tendida como una muerta, con los ojos cerrados y con su respiración a medio camino.
—Varinia, te vas a poner bien —dijo Spartacus y Crixus apoyó su mano sobre su hombro, compartiendo la angustia. —Lo que hice fue una estupidez. Nunca supe por qué pasó lo que pasó, por qué hice lo que hice. Fue un acto tan poco loable que, si pudiese, cortaría con una espada el tiempo y volvería al pasado para recuperar lo perdido.
Spartacus respiró profundo, con gran melancolía, y se podía oír pequeños sollozos salir desde lo más profundo de su ser.
—Necesito que despiertes y me veas yacer bajo tus pies. Que veas cómo me arrodillo frente a tu belleza, frente a tu mirada perspicaz y tu marcado carácter; bravo, furioso, excitante, salvaje y a la vez tan tierno como el de una princesa.
Y como si la magia de un encantador saliese de las entrañas de Spartacus, los ojos de Varinia se abrieron lentamente y su mano se movió con ligereza. Spartacus se sobresaltó y acercó su cara a la de ella con rapidez.
—¡Varinia, pareciera como si me hubieses escuchado en tus profundos sueños e intentaras subir a la superficie ha por mí! —exclamó el muchacho con júbilo en sus ojos.
Ella pasó sus ojos entreabiertos por su cuerpo y sobre el rostro de Crixus, como si buscara a alguien más. Y luego, al ver que nada pasaba, miró a Spartacus y le dijo:
—Necesito… que lo sepas… que descubras…
Su voz se cortó en medio del estruendo de la puerta que se abrió de golpe. En la habitación se adentraron Lentulus y su padre y, con un fuerte “¿Qué hacen ustedes acá?”, los sacaron de la vista de Varinia. Una vez afuera, la discusión fue intensa, pero al rato, y luego de varias amenazas legales por parte del padre de Lentulus, tuvieron que abandonar su odisea.
—No va a quedar así —amenazó Spartacus mirando a Lentulus y partió junto a Crixus quien se mantuvo callado luego de lo sucedido, casi con temor.
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